miércoles, 19 de agosto de 2009

UN DOLOR, SERÁ SIEMPRE TODOS LOS DOLORES

Esa mala costumbre de dejar colgados los dolores en el perchero de la casa, es una de las razones de nuestros fracasos colectivos.
Los descolgamos en cada homenaje, pero cada cual por el lado de su propia herida.
Debería alcanzar, por ejemplo, con nombrar a Sebastián, de apenas 5 años, frente al acto en la AMIA cada mes de julio, para darnos cuenta.
Mirar su ojos en la fotografía, es ponerle una mirada de infinita tristeza a lo que somos.
Es él quién interpela a todos; ¿por qué no le dijeron dónde quedaba el cielo y su contracara de horror?
Hay un dolor universal que no tiene más espejo que su propio dolor, que no tiene vueltas, ni el flaco perdón de dios, como diría Juan Gelman hablando de los Hijos de los desaparecidos.
Es un dolor que no sabe de victorias ni derrotas, y que se hace más hondo cuanto más niño es el alma que se llevan.
O más niña es la muñeca despedazada entre los escombros de una casa destrozada por los genocidas.
Todos los muertos duelen por igual, pero un niño mucho más que todos.
Ayer, mientras se escuchaba esa sirena anual que hace vibrar todas las cuerdas de la memoria, todas las voces, todos los silencios, todas las derrotas, no fueron pocos los que buscaron unir lo que está llamado a unirse.
Hay que aprender a juntar de una buena vez, todos los dolores que sobre su espalda, carga este pueblo y sangra esta nación.
Por que los muertos se parecen entre ellos.
Y por eso mismo, los asesinos y sus cómplices también se parecen entre ellos.
Hay que rehacer, hasta que alumbre desde un solo faro, ese rosario de humanidad que junte los fragmentos de una historia rota.
Poder unir a los 700 obreros masacrados de la Semana Trágica de 1919 con los 1500 asesinados en la Patagonia, tres años después.
Besar la frente de los casi 400 asesinados en el bombardeo de Plaza de Mayo en 1955 y alzar entre los brazos a esos niños de guardapolvo blanco que justo ese día sacaron de paseo a su inocencia.
Hay que juntar ese dolor aún impune con los muertos de José León Suarez y los de la Masacre de Ezeiza y los de Trelew y los de Fátima, Palomitas y Margarita Belén, durante el genocidio de la dictadura.
Hasta llegar con el abrazo a los muertos en la embajada de Israel en 1992.
“Siempre disparan desde la derecha de la pantalla, señora”, tendrían que advertir por la televisión.
Siempre es el pueblo el que muere en esta pesadilla.
Los asesinos, siempre cargan sus armas y la impunidad que necesitan en el mismo almacén donde atiende la muerte por un buen precio.
Lo sabían bien Kosteki y Santillán, pero igual la enfrentaron con su propia vida.
Hay que juntar estos dolores colectivos para que la historia no la sigan escribiendo sólo los que ganan, como cantó Baglietto ayer.
Si así ocurriera, se entendería mejor a los lenguaraces de los patrones rurales, presionando a punta de soja a cada senador, a cada diputado.
Se entendería mejor la proclamada candidatura de Duhalde por boca de Carlos Reutemann.
Se entendería mejor que Patricia Bullrich se ampare en sus fueros para escapar de la querella por calumnias que le inició el ex preso político de la dictadura, Julio Piumato, dirigente judicial y Secretario de Derechos Humanos de la CGT.
También se entendería la ruptura de relaciones con la Argentina, declarada por la dictadura cívico-militar de Honduras.
Y en este marco de ideas, se entendería mejor, la porfía de Mauricio Macri reafirmando al ex comisario Fino Palacios como jefe de su policía.
Si la fragmentación de los dolores colectivos les permitió abrir un pasillo para que se escapen los injustos, habrá que cultivar la memoria por los siglos de los siglos para saber quién es quién, cómo y cuándo, donde y por qué se los llevaron.
Y para que no vuelvan a escapar.
En estos días en que algunos sectores con mucho poder tratan de demonizar al Gobierno de la democracia, dedicándole todas las tapas de sus diarios para difamarlo, pareciera que esta ratificación de Macri es también otra provocación de la impunidad contra los viejos y los nuevos dolores que están colgados allí, en el perchero.



Jorge Giles. El Argentino. 19.08.09
http://www.elargentino.com/nota-54345-Un-dolor-todos-los-dolores.html

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